Mirando al cielo y al Cantábrico: el pulso de Sopelana para el último fin de semana de febrero
El litoral vizcaíno se prepara para despedir el mes más corto del año con una exhibición de fuerza natural que mantendrá a los deportistas locales con la mirada fija en los mapas isobáricos. Para este próximo fin de semana del veintisiete y veintiocho de febrero, Sopelana, indiscutible epicentro de los deportes de deslizamiento y vuelo en la cornisa cantábrica, promete convertirse en un escenario donde los elementos dictarán una vez más las reglas del juego. Como periodista habituado a escudriñar los partes meteorológicos y su impacto en la costa vasca, puedo anticipar que nos encontramos ante unas jornadas de transición, marcadas por la inestabilidad propia del final del invierno y la promesa de ventanas de condiciones excepcionales para quienes sepan tener paciencia.
El panorama general para el viernes veintisiete dibuja la entrada de un frente atlántico moderado que barrerá el golfo de Vizcaya, dejando a su paso una estela de cielos cubiertos y la probabilidad de chubascos intermitentes durante la primera mitad de la jornada. Sin embargo, lo verdaderamente relevante para la comunidad deportiva no es la precipitación, sino el comportamiento del viento y del mar. La presión atmosférica jugará al despiste, generando un escenario dinámico que exigirá a surfistas y parapentistas estar en alerta constante, con el equipo preparado de antemano.
Para los devotos del salitre que acudan a las playas de Arrietara y La Salbaje, las noticias invitan a un optimismo prudente, especialmente para los más experimentados. Se espera que el Cantábrico despierte el sábado con una marejada de fondo constante, impulsada por las borrascas lejanas que han estado enviando energía hacia nuestras costas durante toda la semana. Hablamos de series consistentes que podrían alcanzar con facilidad los dos metros o dos metros y medio de altura, acompañadas de un periodo de ola cercano a los catorce segundos. Este factor garantiza olas con la fuerza necesaria para levantar paredes potentes y estructuradas. El viento, ese factor crítico que puede arruinar o elevar a la excelencia una sesión, soplará predominantemente del componente sur durante las primeras horas de la mañana, un viento terral que peinará las crestas y mantendrá las caras de las olas limpias y abiertas. A medida que avance la tarde, es probable que la brisa role hacia el noroeste, empeorando la calidad del baño, por lo que los madrugadores serán, sin duda, los grandes triunfadores del fin de semana sobre la tabla.
Por otro lado, la cofradía del aire, que suele teñir de colores los acantilados de Sopelana y Barinatxe, se enfrenta a un pronóstico ligeramente más exigente. El parapente de costa, o vuelo de ladera, depende vitalmente de una brisa laminar y constante, preferiblemente del noroeste, que choque contra la pared de roca y genere la ascendencia necesaria para mantener las velas en el aire. El frente del viernes dejará una atmósfera revuelta, y los vientos racheados del sur y suroeste previstos para la mañana del sábado suponen una bandera roja incuestionable para el despegue. Volar con viento de tierra en esta zona es sinónimo de rotores invisibles y turbulencias peligrosas que ningún piloto debería desafiar.
No obstante, la esperanza para los pilotos se traslada a la jornada dominical. Los modelos predictivos sugieren que, tras el paso de la inestabilidad, el viento se alineará gradualmente hacia el nornoroeste, estabilizando su intensidad en torno a los veinte kilómetros por hora. Si esta ventana se confirma y la cobertura nubosa permite que el sol temple ligeramente la ladera, podríamos asistir a una tarde de domingo mágica. El perfil del acantilado ofrecería entonces esa sustentación suave y predecible que permite a los parapentistas deslizarse durante horas sobre la rompiente, compartiendo el espacio aéreo con las gaviotas en un baile silencioso y fascinante.
Tanto en el agua, envueltos en gruesos trajes de neopreno para combatir las bajas temperaturas del mar, como en el aire, suspendidos en arneses bajo la brisa gélida, los deportistas saben que el Cantábrico invernal nunca regala nada. Exige lectura meticulosa de la meteorología, respeto profundo por el entorno y una capacidad de adaptación constante a las circunstancias cambiantes.
La costa de Uribe Kosta volverá a demostrar su incuestionable magnetismo este último compás de febrero, recordando a todos los presentes que la grandeza de estos deportes radica precisamente en su dependencia de un entorno indomable, donde cada buena ola cabalgada y cada minuto de vuelo sostenido se celebran como un privilegio concedido por la propia naturaleza.
