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El Moncayo, con sus dos mil trescientos catorce metros de altitud, se erige como el techo del sistema Ibérico y un imán incuestionable para los amantes de la montaña en la península.

A simple vista, su perfil amable y su accesibilidad relativa engañan a muchos visitantes, quienes subestiman la furia meteorológica que este coloso puede desatar en cuestión de minutos. Cuando el temporal de viento azota sus laderas, el escenario idílico se transforma drásticamente en una trampa helada, un hecho que ha vuelto a quedar patente en el reciente incidente que ha conmocionado a la comunidad montañera.

A finales del pasado mes de enero, en pleno apogeo de la borrasca Ingrid, los servicios de emergencia tuvieron que desplegarse a contrarreloj para rescatar a tres montañeros sorprendidos por un alud en el peligroso sector del circo de San Miguel. El intenso temporal de viento, combinado con copiosas nevadas recientes, había elevado al máximo el riesgo de avalanchas en la zona. Las ráfagas, que levantaban grandes masas de nieve, redujeron la visibilidad a escasos metros y complicaron enormemente la labor de los equipos de auxilio, demostrando una vez más la hostilidad que puede alcanzar este entorno natural.

En torno al mediodía, el aviso llegó a los bomberos de la Diputación de Zaragoza. La angustia se apoderó del operativo, sabiendo que en estas condiciones extremas cada minuto cuenta de manera decisiva. Afortunadamente, dos de los afectados lograron salir ilesos del ensordecedor arrastre de nieve, mientras que el tercero, herido tras el impacto, tuvo que ser estabilizado y evacuado a un centro sanitario tras una laboriosa intervención en la que también participaron efectivos de la Guardia Civil y del servicio de emergencias médicas. La virulencia del viento dificultó en un primer momento el trabajo ágil de los equipos, obligando a los especialistas a realizar un esfuerzo titánico enfrentándose a temperaturas que, por efecto de la ventisca, desplomaban la sensación térmica muy por debajo de los cero grados.

Este suceso ha reabierto el debate sobre la seguridad y la prudencia en este macizo zaragozano, inevitablemente ensombrecido por el trágico recuerdo del accidente ocurrido hace un año, en marzo de dos mil veinticinco. En aquella fatídica jornada, un temporal de viento de características similares, con ráfagas de más de setenta kilómetros por hora, acompañado de densa niebla y placas de hielo vivo, se cobró la vida de tres veteranos montañeros procedentes de Madrid. Cayeron al vacío en la zona conocida como la Escupidera, un embudo natural que no perdona un solo resbalón cuando el hielo tapiza su superficie. Los expertos que intervinieron entonces fueron tajantes al afirmar que las condiciones eran incompatibles con la práctica del alpinismo.

El verdadero peligro del Moncayo reside en su exposición directa a los temporales y en el temido efecto boina, un fenómeno meteorológico local que cubre la cumbre con nubes bajas y densas, desorientando por completo a los caminantes. Esta boina, sumada a las rachas huracanadas que barren la nieve y pulen el hielo hasta convertirlo en un cristal resbaladizo, exige un nivel de pericia, equipamiento técnico y, sobre todo, capacidad de renuncia que no todos los excursionistas aplican. Las estadísticas reflejan decenas de intervenciones anuales en las sierras aragonesas, y muchas de ellas obedecen a un patrón recurrente: el empeño en alcanzar la cima ignorando los severos avisos meteorológicos.

Las autoridades insisten periódicamente en que la alta montaña exige un respeto absoluto y una planificación minuciosa de cada paso. Consultar exhaustivamente los partes meteorológicos, llevar piolets, crampones y ropa de abrigo adecuada, así como tener el temple para darse la vuelta cuando las ráfagas comienzan a desestabilizar la marcha, son normas innegociables. La experiencia de los rescatados recientemente en el circo de San Miguel subraya la innegable realidad de que ninguna cumbre tiene más valor que la propia vida y que regresar a casa es siempre el mayor de los éxitos.

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