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Historia en el cielo: un recorrido periodístico por todos los mundiales de parapente

Desde que el hombre soñó con volar, pocas disciplinas han encarnado esa libertad con tanta pureza como el parapente. Como cronista especializado en deportes aéreos, he tenido el privilegio de investigar y seguir de cerca la evolución de la máxima competición de esta disciplina: el Campeonato Mundial de Parapente, organizado por la Federación Aeronáutica Internacional. Repasar la historia de este torneo es, en esencia, trazar la ruta de un deporte que pasó de ser una aventura temeraria en los Alpes a convertirse en una proeza tecnológica y atlética de alcance verdaderamente global.

Todo comenzó a finales de la década de los ochenta. En mil novecientos ochenta y nueve, la localidad austríaca de Kössen acogió el primer campeonato del mundo oficial. Aquella cita inaugural reunió a pioneros que volaban con velas que hoy nos parecerían primitivos paracaídas rectangulares, pero que en su momento representaban la vanguardia del vuelo libre. El éxito fue rotundo y sentó las bases para que, dos años más tarde, la competición se trasladara a Digne-les-Bains, en Francia. Este país, que siempre ha sido una potencia indiscutible en la disciplina, demostró desde temprano su dominio técnico y organizativo.

La década de los noventa continuó consolidando el torneo. En mil novecientos noventa y tres, los majestuosos picos de Verbier, en Suiza, fueron testigos de cómo el diseño de las velas comenzaba a afinarse para lograr mayores distancias. Posteriormente, el campeonato rompió las fronteras europeas al viajar a Kitagata, Japón, en mil novecientos noventa y cinco, abriendo el deporte al continente asiático. España hizo su primera aparición como anfitriona en mil novecientos noventa y siete en Castejón de Sos, un paraíso pirenaico que puso a prueba la capacidad táctica de los pilotos, antes de cerrar el milenio en Bramberg, Austria, en mil novecientos noventa y nueve.

Con la llegada del nuevo siglo, el nivel de profesionalización alcanzó cotas inéditas. Andalucía tomó el relevo en el año dos mil uno, cuando Granada ofreció condiciones de vuelo térmico potentes y desafiantes. Dos años más tarde, Laragne, en Francia, volvió a poner de manifiesto la superioridad táctica de los pilotos locales. Pero el verdadero salto intercontinental de la década ocurrió en dos mil cinco, cuando la caravana mundialista aterrizó en Governador Valadares, Brasil, un lugar mítico por sus cielos despejados y sus llanuras interminables. Las competiciones se volvieron cada vez más exigentes, lo que quedó claro en Manilla, Australia, en dos mil siete, un mundial recordado por sus enormes distancias en el árido paisaje oceánico, y en Valle de Bravo, México, en dos mil nueve, donde la convergencia de vientos exigió una pericia técnica absoluta.

La década de los dos mil diez trajo consigo una revolución en los materiales y el diseño, especialmente con la consolidación de las velas de dos bandas, que permitieron velocidades de planeo antes inimaginables. España volvió a brillar como sede en dos mil once en la mítica localidad abulense de Piedrahita, famosa por sus condiciones épicas en pleno verano europeo. Sopot, en Bulgaria, organizó la decimotercera edición en dos mil trece, consolidando la expansión de la competición hacia Europa del Este. En dos mil quince, la magia del vuelo tropical deslumbró al mundo en Roldanillo, Colombia, un valle que ofreció mangas espectaculares gracias a su meteorología predecible y generosa. Posteriormente, Italia reclamó su lugar en la historia con el mundial de Monte Avena en dos mil diecisiete, seguido por la vibrante competición de dos mil diecinueve en Krushevo, Macedonia del Norte, un paraíso balcánico que enamoró a todos los participantes por la suavidad de sus ascendencias térmicas.

Los años recientes han demostrado la enorme resiliencia de la comunidad del vuelo libre. Tras los desafíos globales derivados de la pandemia, el campeonato regresó con fuerza en dos mil veintiuno en Loma Bola, en la provincia de Tucumán, Argentina, regalando a los aficionados jornadas de vuelos memorables sobre la selva de yungas. En dos mil veintitrés, la élite regresó a la cuna alpina en Chamoux-sur-Gelon, Francia, donde el equipo local reafirmó su hegemonía histórica llevándose gran parte de los metales. Y así llegamos a la edición más reciente y espectacular: el decimonoveno campeonato del mundo celebrado en septiembre de dos mil veinticinco en Castelo, Brasil. En esta última cita, los cielos del estado de Espírito Santo se llenaron con los colores de más de cincuenta naciones, demostrando una vez más que el parapente es una disciplina viva, vibrante y en constante evolución, donde la estrategia humana y el viento siguen danzando en perfecto equilibrio.

Mirando hacia el futuro del circuito competitivo, queda patente que cada rincón del planeta que acoge estas pruebas no solo ofrece un escenario deportivo, sino un legado cultural incalculable. Los pilotos que surcan estas rutas invisibles en el cielo continúan escribiendo la historia de la aviación deportiva, desafiando a la gravedad con nada más que tela, cordones y una comprensión magistral de la naturaleza.

 

Parapente Sopelana

Desde los inicios del deporte del parapente, Parapente Sopelana ha estado ahí, con los pioneros. Décadas de trabajo que hacen de nuestro proyecto una magnífica elección si quieres descubrir el vuelo biplaza en el paraiso de las playas de Sopelana. Tanto si quieres dar un excitante paseo, como si quieres profundizar más en el mundo del vuelo libre, Parapente Sopelana está aquí para atenderte, aconsejarte, acompañarte. Siempre con los mejores profesionales y en total seguridad.

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