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La revolución aerodinámica de Saboya: Cuando el parapente se vistió de submarino

Si alguien se hubiera quedado dormido en 2019 y hubiera despertado repentinamente en la línea de despegue de Chamoux-sur-Gelon durante el Mundial de Francia 2023, habría pensado que estaba presenciando un deporte diferente. El cambio visual fue tan drástico como inmediato. Lo que antes era una colección heterogénea de arneses carenados de diferentes formas y colores, se transformó en una marea uniforme de grandes cápsulas inflables, mayoritariamente amarillas, que hacían parecer a los pilotos extraños híbridos entre un torpedo y un personaje de dibujos animados. Francia 2023 pasará a la historia como el evento que certificó la muerte de la estética tradicional en favor de la eficiencia aerodinámica pura: había llegado la era del Submarine.

El gran protagonista técnico del campeonato no fue una vela, sino un arnés. El proyecto Submarine de Ozone, desarrollado por el legendario Luc Armant, redefinió las reglas del juego. Hasta ahora, los carenados de competición buscaban simplemente alisar el flujo de aire alrededor de las piernas del piloto. El nuevo concepto va mucho más allá: envuelve al competidor en una estructura presurizada por el flujo de aire, creando un perfil casi perfecto que reduce la resistencia parásita a niveles nunca vistos. La ventaja en planeo, especialmente a altas velocidades, es tan significativa que volar con un arnés tradicional de generación anterior se convirtió, de facto, en una desventaja competitiva insalvable.

El impacto de este diseño obligó al resto de fabricantes a reaccionar a la desesperada. Mientras la mayoría de la parrilla adoptaba el modelo de Ozone, marcas como Woody Valley, Gin y Niviuk aceleraron sus propios prototipos de carenados integrales inflables para no perder el tren de la innovación. Vimos, por tanto, una carrera tecnológica en tiempo real donde la obsesión ya no era solo la tasa de caída, sino el coeficiente de penetración en el aire. El piloto ya no va sentado en una silla; va pilotando una nave fuselada.

En el apartado de las velas, la situación fue paradójica y fascinante. La categoría reina, la CCC (Civl Competition Class), vivió una situación anómala: la hegemonía de una vela veterana. La Enzo 3 de Ozone, un diseño que lleva años en el mercado, siguió siendo la referencia absoluta y la elección mayoritaria de los pilotos de punta. Esto habla volumes no solo de la calidad de ese diseño original, sino de la dificultad que han encontrado los diseñadores para superar ese compromiso perfecto entre rendimiento, velocidad y, sobre todo, seguridad y cohesión en aire turbulento.

Sin embargo, el Mundial de Francia también sirvió de escaparate para los aspirantes al trono. Niviuk presentó batalla con su Icepeak X-One, una máquina tecnológicamente muy avanzada que destaca por su compleja estructura interna y su borde de ataque característico, diseñado para mantener la presión a velocidades de vértigo. Por su parte, Gin Gliders continuó evolucionando su concepto de Boomerang 12 con su borde de ataque ondulado, inspirado en la biomimética de las aletas de las ballenas jorobadas, buscando un mejor comportamiento en la entrada en pérdida y una mayor eficiencia en el giro térmico.

Lo que quedó patente en los Alpes franceses es que la industria ha llegado a una meseta en cuanto al rendimiento puro de las velas dentro de las normativas actuales. Las mejoras ya no se miden en puntos enteros de planeo, sino en décimas y en la comodidad del piloto para gestionar la energía del ala. Por eso, la combinación entre la vela y el nuevo estándar de arnés tipo submarino fue la clave. Estos arneses no solo mejoran el planeo, sino que actúan como una deriva vertical, estabilizando la guiñada del conjunto y permitiendo que la vela vuele más recta y eficiente, desperdiciando menos energía en correcciones menores.

El precio de esta evolución es la complejidad y el volumen. El equipo de competición se ha vuelto más pesado, más voluminoso y más complejo de gestionar en tierra. Prepararse para el despegue ahora implica una ceremonia de cremalleras, inflado de estructuras y ajustes de conductos de aire que añade estrés al piloto antes incluso de separar los pies del suelo. Pero en el aire, la física es implacable: la eficiencia manda.

Este Mundial ha marcado un punto de inflexión. La tecnología que vimos en Francia, especialmente en lo referente a la aerodinámica del piloto, ya está empezando a filtrarse hacia las categorías inferiores. No pasará mucho tiempo antes de que veamos versiones simplificadas de estos carenados inflables en las velas de serie y en el vuelo de distancia recreativo. La lección de Chamoux es clara: en el vuelo libre moderno, la resistencia al aire es el enemigo número uno, y la batalla contra el viento se gana tanto con la tela que llevas sobre la cabeza como con la forma que adoptas debajo de ella.

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