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La hegemonía tricolor en el cielo de Saboya: Cuando Francia convirtió el Mundial en su patio trasero

El mundo del vuelo libre tuvo que ejercitar la paciencia más que nunca. Tras el vibrante campeonato celebrado en los cielos de Kruševo, en Macedonia del Norte, allá por 2019, la comunidad internacional de parapente se vio obligada a un largo paréntesis forzoso debido a la pandemia global. La espera, sin embargo, solo sirvió para afilar los colmillos competitivos de los pilotos y para que las oficinas de diseño de las grandes marcas perfeccionaran sus máquinas. Cuando finalmente se dio luz verde al siguiente gran encuentro global, el escenario no podía ser más distinto: de las áridas llanuras balcánicas pasamos al corazón verde y escarpado de los Alpes franceses. Chamoux-sur-Gelon, en la región de Saboya, fue el teatro elegido en 2023 para disputar la supremacía mundial, un evento que pasaría a la historia no tanto por la variedad de banderas en el podio, sino por el dominio absoluto de una sola nación.

Llegar a Francia para competir contra los franceses en su propio terreno es, en el parapente moderno, el desafío definitivo. La "Equipe de France" lleva años funcionando con la precisión de un reloj suizo y la agresividad deportiva de un equipo de Fórmula 1. Pero lo que sucedió en Chamoux-sur-Gelon superó todas las expectativas de los analistas. No fue una victoria; fue un monólogo. La orografía alpina, compleja y técnica, con sus brisas de valle traicioneras y sus potentes térmicas de roca, se convirtió en el aliado perfecto para los locales, que conocían cada rincón del macizo de Bauges y la cadena de Belledonne.

El campeonato estuvo marcado por una meteorología caprichosa, típica de la primavera alpina, que obligó a cancelar varias mangas y a detener otras en pleno vuelo por seguridad. Sin embargo, en las ventanas de buen tiempo, el espectáculo fue total. La imagen que definió este mundial fue la de los nuevos arneses carenados, especialmente el modelo Submarine, que transformaba a los pilotos en una especie de torpedos aerodinámicos amarillos, surcando el cielo a velocidades de vértigo. Esta innovación tecnológica, sumada a las velas de clase CCC como la Ozone Enzo 3, permitió promedios de velocidad que hacían que las distancias de setenta u ochenta kilómetros parecieran paseos cortos.

En la categoría Open, el podio fue una fotografía monocolor. Maxime Pinot, un piloto que combina talento natural con una disciplina táctica férrea, se alzó con el oro. Pero no estaba solo. A su lado, Honorin Hamard y Pierre Rémy completaron un triplete histórico para Francia, llevándose la plata y el bronce respectivamente. Ver a tres compatriotas en los tres cajones más altos es una anomalía estadística que habla del nivel de profesionalización que ha alcanzado la federación francesa, donde el vuelo de equipo se ejecuta con una coreografía casi militar: los pilotos se esperan, marcan las térmicas para sus compañeros y presionan a los rivales en bloque.

La categoría femenina no se quedó atrás en esta demostración de fuerza. Meryl Delferrière, una leyenda en activo, demostró por qué es considerada una de las mejores pilotos de la historia, independientemente del género. Su victoria fue contundente, liderando una clasificación donde también brilló su compatriota Constance Mettetal. La capacidad de Meryl para leer las líneas más eficientes en las transiciones largas le permitió no solo ganar su categoría, sino volar codo con codo con los líderes de la general absoluta, desdibujando las barreras y demostrando que, en el aire, la técnica supera a la fuerza bruta.

Sin embargo, entre tanta Marsellesa sonando en la megafonía, hubo espacio para una sorpresa narrativa maravillosa. Macedonia del Norte, el país anfitrión del anterior mundial, logró colarse en el podio por naciones con una medalla de bronce, justo detrás de la intocable Francia y la siempre consistente Gran Bretaña. Fue un cierre de ciclo poético: la nación que había acogido al mundo cuatro años antes demostraba que su legado iba más allá de la organización y que sus pilotos habían madurado hasta alcanzar la élite global.

El Mundial de Chamoux-sur-Gelon cerró sus puertas dejando una sensación agridulce para el resto del mundo. La belleza de los Alpes y la calidad de la organización fueron indiscutibles, pero la brecha competitiva que abrió Francia planteó deberes urgentes para las demás federaciones. Si en Macedonia el juego estuvo más abierto, en Francia se dictó sentencia: para ganar al rey en su castillo, no basta con volar bien; hay que volar perfecto. El listón ha quedado situado en la estratosfera, y el resto de naciones tendrá que trabajar muy duro para que, en la próxima cita mundialista, el cielo tenga un poco más de variedad cromática.

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