Fórmula 1 de tela y cordinos: la ingeniería invisible que conquistó el cielo de Tucumán
Quien paseara por la zona de despegue de Loma Bola durante el reciente Campeonato Mundial de Parapente en Argentina habrá notado algo inquietante. Cuando los pilotos extendían sus equipos sobre la hierba, no parecían los parapentes recreativos, redondeados y dóciles, que se ven en las escuelas de vuelo de fin de semana. Lo que yacía sobre el suelo tucumano eran cuchillos de tela, máquinas alargadas y afiladas diseñadas con una única obsesión: la eficiencia aerodinámica. En este mundial no solo compitieron humanos; compitieron los departamentos de I+D de las fábricas más punteras del mundo, librando una guerra de milímetros y costuras.
Para entender la magnitud tecnológica de lo visto en Argentina, hay que sumergirse en la categoría reina: la Clase de Competición Civil, o CCC. Estas velas son los fórmula uno del aire. Si un parapente estándar tiene una relación de aspecto (la proporción entre la envergadura y la cuerda del ala) de 5 a 1, los modelos que volaron en Tucumán rozan o superan el 7,5 u 8. Esto se traduce en alas extremadamente esbeltas, con menos resistencia inducida, capaces de convertir cada metro de altura en doce o trece metros de distancia horizontal. Pero este diseño agresivo es solo la punta del iceberg.
La verdadera revolución que se consolidó en este campeonato es la tecnología de "dos bandas". Históricamente, los parapentes tenían cuatro o tres hileras de líneas conectando al piloto con la vela. Los modelos vistos en este mundial, como el omnipresente Ozone Enzo 3 o el innovador Gin Boomerang 12, han reducido este suspentaje al mínimo absoluto: solo dos hileras, la A (borde de ataque) y la B. Al eliminar cientos de metros de cordinos, se reduce drásticamente la resistencia parásita, permitiendo velocidades máximas que superan los 60 o 70 kilómetros por hora, algo impensable hace dos décadas.
Esta configuración de dos bandas ha cambiado también la forma de pilotar. En las largas transiciones sobre la llanura argentina, los pilotos apenas tocaban los frenos tradicionales. En su lugar, pilotaban traccionando directamente de las bandas traseras. Esto permite corregir el rumbo y el ángulo de ataque sin deformar el perfil del ala, manteniendo un planeo perfecto incluso atravesando turbulencias a alta velocidad. Es una conducción más parecida a ajustar los alerones de un avión rígido que a frenar un paracaídas.
Otro elemento técnico crucial que se puso a prueba en las potentes térmicas de las Yungas fue la estructura interna del borde de ataque. La mayoría de las velas en competición incorporaban variantes del concepto "Shark Nose" (nariz de tiburón). Se trata de un diseño de las bocas de entrada de aire que permite mantener la presión interna del ala alta y constante, tanto si el piloto vuela lento como si pisa el acelerador a fondo. Esto otorga a la vela una solidez envidiable, haciéndola muy resistente a las plegadas (colapsos del ala) incluso en aire movido. Para lograr esta forma, los ingenieros utilizan varillas de Nitinol (una aleación de níquel y titanio con memoria de forma) o plásticos de alta densidad, que mantienen el perfil tenso como la piel de un tambor.
En el apartado de materiales, el campeonato fue un escaparate de la industria textil de alta gama. Se utilizaron tejidos como el Porcher Sport Skytex de gramajes bajísimos, a veces de 27 gramos por metro cuadrado, para reducir la inercia de la vela. Cuanto menos pesa el ala, mejor reacciona a las corrientes ascendentes débiles y más dulce es su recuperación en caso de incidencia. El suspentaje, por su parte, es un prodigio de la resistencia: cordinos de Aramida o Dyneema sin funda protectora, finos como hilo dental pero capaces de soportar cientos de kilos de carga, cuya vida útil se mide en horas de vuelo bajo la radiación UV.
Mención aparte mereció la batalla de diseños entre las marcas. Mientras el Enzo 3 de Ozone defendía su hegemonía con un diseño clásico y probado, la firma coreana Gin Gliders atrajo todas las miradas con su Boomerang 12 y su peculiar borde de ataque ondulado, inspirado en los tubérculos de las aletas de las ballenas jorobadas. Esta biomimética busca retrasar la entrada en pérdida y mejorar el rendimiento a bajas velocidades, una apuesta arriesgada que demuestra que la innovación en este deporte está lejos de estancarse.
Al finalizar el evento, quedó patente que la tecnología ha alcanzado un techo de cristal momentáneo donde las ganancias de rendimiento son marginales y requieren una ingeniería cada vez más compleja. Las velas que surcaron el cielo argentino son maravillas de la aerodinámica flexible, capaces de llevar al ser humano más lejos y más rápido que nunca con solo una mochila a la espalda. Sin embargo, por mucha varilla de titanio y tejido espacial que se utilice, la máquina sigue siendo inerte sin la mente que cuelga debajo. En Tucumán ganó la tecnología, sí, pero solo porque hubo manos expertas capaces de domar esa bestia de tela y viento.
