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El cielo de los Andes como campo de batalla: Argentina recoge el testigo de Macedonia en el vuelo libre mundial

Si Krushevo, en Macedonia del Norte, ofreció en 2019 un escenario de altas cumbres balcánicas y condiciones técnicas que pusieron a prueba la paciencia de los pilotos, la cita que le sucedió en el calendario internacional supuso un cambio de hemisferio, de paisaje y de estrategia radical. Tras la pausa obligada que impuso la pandemia global, el mundo del parapente volvió a mirar al cielo, esta vez desde el 17º Campeonato Mundial de Parapente FAI, celebrado en la mítica rampa de Loma Bola, en la provincia de Tucumán, Argentina.

La transición de Europa del Este a Sudamérica no fue solo geográfica, sino atmosférica. Los pilotos que aterrizaron en San Miguel de Tucumán en noviembre de 2021 se encontraron con las "Yungas", esa selva de montaña que abraza las laderas andinas y que genera condiciones aerológicas únicas en el mundo. Si Macedonia exigió precisión en la gestión de las corrientes de montaña, Argentina demandó una lectura experta de la transición entre la sierra y la llanura, bajo un calor subtropical que se convirtió en un protagonista más de la competición.

El evento, que reunió a ciento cincuenta de los mejores pilotos del planeta representando a casi cuarenta naciones, tuvo un sabor a reencuentro. Durante dos semanas, el cielo tucumano se llenó de velas de competición, esas máquinas de alto rendimiento capaces de recorrer cientos de kilómetros sin motor, aprovechando únicamente la energía invisible del sol y el viento. La organización local, con años de experiencia en copas del mundo, desplegó una logística impecable para gestionar las mangas (las carreras diarias) que a menudo superaban los 80 o 100 kilómetros de recorrido sobre terrenos mixtos de selva y campos de cultivo.

En lo puramente deportivo, este campeonato será recordado como el de la consagración definitiva de la escuela británica de vuelo. El equipo del Reino Unido llegó a Tucumán con una misión clara y una disciplina táctica que rara vez se ve en un deporte tan individualista. Mientras otras potencias tradicionales como Francia o Suiza apostaban por genialidades individuales, los británicos volaron en bloque, "limpiando" las líneas térmicas y avanzando como un escuadrón compacto. Esta estrategia dio sus frutos: el británico Russell Ogden se alzó con la medalla de oro en la categoría general, un triunfo que validó décadas de dedicación al desarrollo técnico y competitivo del deporte.

El podio general lo completaron figuras legendarias que ya son habituales en estas crónicas. Los franceses, siempre favoritos, no se fueron de vacío, con Honorin Hamard y Luc Armant demostrando por qué Francia sigue siendo la gran fábrica de talentos del vuelo libre, aunque esta vez tuvieron que ceder el escalón más alto ante la consistencia de Ogden.

En la categoría femenina, la suiza Yael Margelisch demostró una superioridad notable, gestionando las potentes y a veces turbulentas condiciones térmicas de Tucumán con una frialdad clínica. Su victoria no solo fue un triunfo personal, sino una demostración del altísimo nivel que ha alcanzado la competición femenina, donde las pilotos vuelan cada vez más cerca —y a menudo por delante— de sus contrapartes masculinos en la clasificación general. La japonesa Seiko Fukuoka y la polaca Klaudia Bulgakow completaron un podio de veteranas que conocen al dedillo los secretos del aire.

Pero más allá de las medallas, el campeonato de Argentina destacó por el desafío técnico del sitio de vuelo. Loma Bola es conocida por sus despegues suaves pero sus condiciones "térmicas" robustas. Los pilotos tuvieron que negociar techos de nube variables y, sobre todo, aprender a leer el terreno llano al pie de la montaña. A diferencia de los vuelos alpinos o balcánicos, donde el relieve dicta el camino, en la llanura tucumana la intuición y la observación de los ciclos térmicos sobre los campos de caña de azúcar fueron vitales para no "pinchar" (aterrizar antes de la meta).

El campeonato cerró con una sensación de alivio y triunfo colectivo. Después de la incertidumbre global de los años previos, el deporte había vuelto. Argentina demostró estar a la altura de un evento de clase mundial, ofreciendo no solo condiciones de vuelo excepcionales, sino esa calidez humana que caracteriza al interior del país. Cuando se entregaron los trofeos y se plegaron las velas por última vez en Loma Bola, quedó claro que, aunque el escenario cambie —de las piedras de Macedonia a la selva argentina—, la pasión por conquistar el cielo sigue siendo el lenguaje común que une a esta tribu global de nómadas del aire. El testigo quedaba listo para ser recogido por Francia en 2023, pero esa es ya otra historia.

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