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El silencio blanco que mata: la gestión del riesgo de aludes en el auge del turismo activo.

La montaña invernal ejerce un magnetismo primario sobre el ser humano. La promesa de la nieve virgen, el silencio absoluto de las cumbres y la adrenalina del descenso por laderas inexploradas son el motor de una industria del turismo activo que no ha dejado de crecer en la última década. Sin embargo, detrás de esa belleza inmaculada se esconde una de las fuerzas más devastadoras y traicioneras de la naturaleza: el alud. A medida que el esquí de travesía, el freeride y el raquetismo ganan adeptos, la línea entre la aventura controlada y la tragedia se vuelve peligrosamente delgada, obligando al sector a replantearse cómo se vende y se consume la montaña.

El perfil del turista de nieve ha cambiado radicalmente. Hace veinte años, la inmensa mayoría de los visitantes se limitaba a las pistas balizadas y aseguradas por las estaciones de esquí, donde el riesgo de avalancha es controlado mediante explosiones preventivas y pisado de máquinas. Hoy, la búsqueda de experiencias únicas y la saturación de los dominios esquiables han empujado a miles de aficionados hacia el fuera de pista y el esquí de montaña. El problema reside en que la democratización del acceso no ha ido acompañada de una democratización equivalente en la formación técnica y nivológica.

Las estadísticas son claras y a menudo crueles: en la gran mayoría de los accidentes por aludes que involucran a deportistas, es la propia víctima o un miembro de su grupo quien desencadena la placa de nieve. Esto nos lleva a un debate incómodo sobre el factor humano. El turista activo a menudo cae en trampas heurísticas, atajos mentales que nos llevan a tomar decisiones erróneas. La familiaridad con el terreno, la sensación de seguridad que otorga ver huellas previas o la presión social de grupo pueden nublar el juicio sobre la estabilidad del manto nivoso. Compramos el equipo más caro, pero a menudo escatimamos en el software mental necesario para interpretar la montaña.

Aquí es donde la industria del turismo se enfrenta a su mayor encrucijada. Las agencias de viajes, las marcas de ropa técnica y los destinos de montaña venden una imagen de libertad absoluta, pero esa libertad conlleva una responsabilidad que el turista promedio no siempre está dispuesto o preparado para asumir. El material de seguridad básico, compuesto por el dispositivo de búsqueda de víctimas de avalanchas (DVA), la pala y la sonda, se ha convertido en un estándar de venta, casi un fetiche de consumo. Sin embargo, portar este equipo sin haber practicado los protocolos de rescate crea una falsa sensación de seguridad. Un DVA no evita el alud, solo ofrece una posibilidad, a menudo remota y contrarreloj, de ser encontrado antes de que la asfixia haga su trabajo.

El cambio climático añade una capa extra de complejidad a este escenario. Los inviernos son cada vez más erráticos, con subidas repentinas de temperatura seguidas de nevadas intensas y vientos fuertes. Esto crea capas débiles persistentes en la estructura de la nieve que pueden permanecer dormidas durante semanas, esperando la sobrecarga mínima de un esquiador para fracturarse. Los boletines de peligro de aludes, que emiten los servicios meteorológicos y de protección civil, son herramientas vitales, pero su interpretación requiere un nivel de alfabetización alpina que el turista ocasional raramente posee.

Frente a este panorama, la figura del guía de alta montaña certificado emerge no como un lujo, sino como la principal barrera de seguridad. El turismo activo debe pivotar hacia un modelo donde la contratación de profesionales sea la norma para salir del dominio controlado. Los guías no solo conocen el terreno, sino que gestionan la incertidumbre de manera profesional, sabiendo cuándo renunciar a una cima o a una bajada espectacular porque la montaña ha dicho basta.

La montaña no es un parque temático, aunque a veces la industria intente empaquetarla como tal. Es un entorno hostil e indiferente a nuestras vacaciones. La convivencia entre el auge económico del turismo de nieve y la seguridad pasa inevitablemente por la educación. No se trata de prohibir el acceso ni de sembrar el miedo, sino de fomentar una cultura de respeto profundo hacia el medio. Entender que en la montaña invernal, la decisión más importante del día no es qué línea descender, sino tener el valor y el conocimiento suficiente para dar media vuelta y regresar a casa a salvo.

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