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De la tela al esqueleto: La revolución silenciosa de los materiales rígidos en el diseño de parapentes.

Durante las primeras décadas de su historia, el parapente se definió por su naturaleza puramente textil. Era la aeronave más ligera y simple posible: un conjunto de telas y cordinos que, mediante la presión dinámica del aire, adquiría una forma de ala. Sin embargo, en la búsqueda incansable por el rendimiento, la velocidad y la seguridad, los diseñadores comenzaron a enfrentarse a las limitaciones físicas de la tela flexible. El perfil aerodinámico, esa curva sagrada que permite el vuelo, se deformaba con la velocidad y la turbulencia, destruyendo la eficiencia del planeo. Fue entonces cuando la ingeniería del vuelo libre comenzó a mirar hacia materiales más duros, iniciando una transformación que ha cambiado para siempre la silueta y el comportamiento de nuestras velas: la era de los elementos rígidos.

La historia de esta rigidez estructural comienza tímidamente con el uso del Mylar. En los años noventa y principios de los dos mil, los refuerzos del borde de ataque —la "nariz" del parapente— se confeccionaban con láminas de este poliéster semirrígido. Su función era mantener las bocas de los cajones abiertas para facilitar el inflado y mantener la forma a altas velocidades. Aunque fue un avance significativo, el Mylar tenía un talón de Aquiles: el envejecimiento. Con el uso y el plegado, las láminas se deformaban, se arrugaban o se delaminaban, degradando irreversiblemente las cualidades de vuelo de la vela. Un parapente viejo era, literalmente, un parapente deforme.

La verdadera revolución llegó con la sustitución de estas láminas por varillas plásticas, similares a las utilizadas en las desbrozadoras de jardín o en la pesca. Este cambio, aparentemente simple, fue un salto cuántico. Las varillas de nylon o polímero ofrecían una memoria de forma superior y un peso mucho menor. Al insertarlas en el borde de ataque, los diseñadores lograron crear perfiles mucho más limpios, tensos y agresivos. Esto permitió el nacimiento de tecnologías como el "Shark Nose" o nariz de tiburón, un diseño que requiere una estructura interna firme para mantener la presión interna del ala estable en un rango mucho más amplio de ángulos de ataque. Gracias a estas varillas, los parapentes modernos son más resistentes a las plegadas y mucho más eficientes al acelerar.

Pero la rigidez no se detuvo en el borde de ataque. Con el tiempo, las varillas comenzaron a migrar hacia la parte posterior de la vela. Aparecieron las varillas en la zona de las bandas C y, en algunos modelos de competición, refuerzos que recorren gran parte de la cuerda del ala. Esta esqueletización del parapente permitió reducir drásticamente el suspentaje. Al tener una estructura interna que soporta las cargas y mantiene la forma, ya no eran necesarios tantos metros de líneas para sostener la tela. El resultado directo fue la proliferación de las velas de dos bandas, diseños de altísimo rendimiento que antes eran exclusivos de pilotos de prueba y que hoy son accesibles para pilotos deportivos, gracias en gran parte a la estabilidad que aportan estos elementos rígidos.

En la actualidad, la vanguardia de esta tecnología se encuentra en la ciencia de los materiales, con la introducción del Nitinol. Esta aleación de níquel y titanio, heredada de la industria médica y aeroespacial, posee propiedades de superelasticidad y memoria de forma térmica. A diferencia del nylon, que puede deformarse si se guarda doblado incorrectamente durante mucho tiempo o sufrir con cambios extremos de temperatura, el Nitinol es prácticamente indestructible en el uso normal. Una varilla de Nitinol puede doblarse completamente y recuperar su rectitud instantáneamente. Esto ha aliviado una de las grandes molestias de los parapentes modernos: la necesidad de plegarlos con técnicas complejas y el uso de almohadillas de protección para no dañar los refuerzos plásticos.

El uso extensivo de estos materiales ha planteado, no obstante, nuevos debates sobre la durabilidad frente a la abrasión. Un parapente con muchas varillas es más susceptible al desgaste si se arrastra por el suelo en despegues pedregosos, ya que la tela queda tensionada contra el material duro interno, actuando como una lija. Los fabricantes han tenido que reforzar costuras y utilizar tejidos específicos en las zonas de tensión para contrarrestar este efecto. Asimismo, el comportamiento de la vela en situaciones extremas ha cambiado; las reacciones de un ala rígida pueden ser más secas y enérgicas que las de las antiguas velas puramente textiles, exigiendo un pilotaje más preciso.

Mirando hacia el futuro inmediato, queda patente que el parapente ha dejado de ser un simple paracaídas rectangular para convertirse en una semiala rígida inflable. La integración de estos esqueletos ligeros ha permitido alcanzar coeficientes de planeo y velocidades que parecían imposibles hace apenas quince años. Lejos de ser una moda pasajera, la rigidización es el pilar sobre el que se sustenta la seguridad y el rendimiento del vuelo libre contemporáneo, demostrando que, a veces, para fluir mejor con el viento, es necesario tener una estructura inquebrantable.

 

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