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Del hielo del Eiger al fuego de Minas Gerais: Crónica de un vuelo transatlántico

Si en Interlaken el parapente es una cuestión de precisión quirúrgica frente a la inmensidad blanca del Jungfrau, en Brasil es un baile salvaje con la termodinámica. El contraste no podría ser más violento ni más hermoso. El circuito mundial de vuelo libre ha aterrizado en el continente sudamericano, dejando atrás el aire gélido y denso de los Alpes suizos para abrazar las "bombas" térmicas de Minas Gerais, en lo que ha sido el 19º Campeonato Mundial de Parapente de la FAI (Federación Aeronáutica Internacional).

Hace apenas un tiempo, los pilotos miraban de reojo los glaciares suizos en la Copa del Mundo de Interlaken-Grindelwald, volando pegados a paredes de roca gris y hielo eterno, donde un error de cálculo significaba luchar contra vientos catabáticos helados. Ahora, en el Pico do Gavião de Andradas, el escenario ha mutado por completo. Aquí, el suelo es de tierra roja, el horizonte es una alfombra infinita de cafetales y la referencia en el cielo no son las nubes lenticulares, sino los urubus (buitres locales) que marcan el centro de las corrientes ascendentes como balizas biológicas.

El "Pico do Gavião": Un estadio en el cielo

La transición de Suiza a Brasil no es solo geográfica; es psicológica. Interlaken exigía al piloto una reverencia casi religiosa hacia la montaña. En Andradas, la competición ha exigido agresividad. El despegue en el Pico do Gavião, considerado uno de los mejores del mundo, se convirtió durante dos semanas en la torre de control de una batalla aérea sin cuartel.

A diferencia de las mangas alpinas, a menudo definidas por largas transiciones a lo largo de crestas montañosas (ridge soaring), el Mundial brasileño ha obligado a los competidores a "navegar en el océano azul". Las pruebas, que superaron en varias ocasiones los 100 kilómetros, requirieron una lectura experta del llano. Aquí no hay una montaña que te sostenga si caes bajo; hay que saltar de una térmica a otra con fe ciega, soportando turbulencias que harían temblar a un avión ligero, bajo un sol que cocina el aire y dispara a los pilotos hacia la estratosfera a velocidades de 5 a 8 metros por segundo.

La revancha de los sudamericanos y la adaptación europea

Se palpaba en el ambiente una sensación de localía. Mientras que en Interlaken los franceses y suizos jugaban en el patio de su casa, dominando las líneas alpinas con su conocimiento milimétrico de la micro-meteorología de valle, Brasil ha nivelado la balanza.

Los pilotos locales y los expertos en vuelo de llano han brillado. La crónica de este mundial es la historia de cómo la "Armada Francesa" (históricamente dominante) tuvo que recalibrar sus instrumentos y sus mentes. Ya no servía pegarse a la roca; había que entender los ciclos del sol sobre los campos de cultivo. Hemos visto a campeones consagrados aterrizar prematuramente ("pinchada", en la jerga) por no entender que en el trópico el aire se mueve con otro ritmo, más explosivo y menos predecible que en el ordenado clima centroeuropeo.

Más que una competición, una fiesta térmica

El ambiente en el aterrizaje también marcó la diferencia con su predecesor suizo. Si Interlaken es la elegancia silenciosa y el chocolate caliente tras el vuelo, Andradas es el ruido, la torcida y la caipiriña. La organización brasileña convirtió cada llegada a gol en un carnaval. Ver a cientos de velas de colores espiralando sobre la línea de meta al atardecer, con la luz dorada bañando las colinas de Minas Gerais, ofreció una postal que rivaliza con la majestuosidad del Eiger, pero con una calidez humana que solo se encuentra en estas latitudes.

Este campeonato ha confirmado que el parapente de competición vive una era dorada de diversidad. La capacidad del atleta para adaptarse —del frío alpino de Interlaken al horno térmico de Brasil— es ahora el verdadero medidor del "Mejor Piloto del Mundo".

Al caer la tarde en Andradas, mientras se recogen las velas polvorientas de tierra roja, queda la sensación de que el deporte ha completado un ciclo vital. Del techo de Europa al corazón de Sudamérica, el vuelo libre ha demostrado que, aunque el viento hable diferentes idiomas, la pasión por desafiar la gravedad sigue siendo el esperanto de los cielos.

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