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Domar el caos sobre el agua: anatomía de un curso SIV en parapente

A ochocientos metros sobre la superficie de un lago, un piloto de parapente tira bruscamente de una de las líneas que sostienen su ala. En cuestión de segundos, la tela colapsa, el perfil aerodinámico se rompe y el piloto comienza a caer en una espiral vertiginosa hacia el agua. Desde la orilla, cualquier espectador ajeno a la escena pensaría que está presenciando una catástrofe inminente. Sin embargo, una voz tranquila y firme resuena a través de la radio: "Mantén el peso al lado contrario, suave con el freno, ahora deja que vuele". El piloto obedece, la vela se abre con un chasquido autoritario y el vuelo vuelve a ser estable. Esto no es un accidente; es un aula de clases en el cielo.

Lo que acabamos de describir es la esencia de un curso SIV, siglas que provienen del francés Simulation d'Incident en Vol (Simulación de Incidente en Vuelo). Para el profano, puede parecer una temeridad innecesaria, pero para la comunidad de pilotos de parapente, es el paso fundamental que separa al principiante del piloto autónomo y seguro. Es el arte de provocar el caos de manera controlada para aprender a sobrevivir a él.

El entorno de seguridad

La premisa de un SIV es sencilla pero contraintuitiva: para aprender a evitar los accidentes, hay que experimentarlos. Dado que el parapente es una aeronave flexible (básicamente tela y cuerdas), es susceptible a deformarse con la turbulencia. Un curso SIV busca enseñar al piloto a reconocer, prevenir y recuperar estas deformaciones.

Debido a la naturaleza de las maniobras, que implican pérdidas drásticas de altura y comportamientos agresivos de la vela, estos cursos se realizan estrictamente sobre el agua. Escenarios míticos como el lago de Annecy en Francia, Ölüdeniz en Turquía, o diversos pantanos en la geografía española, se convierten en laboratorios de seguridad. El protocolo es rígido: el piloto lleva un chaleco salvavidas automático, hay una lancha de rescate rápida siempre atenta en el agua y un instructor experto dirige cada movimiento desde la orilla con una radio y unos prismáticos de largo alcance.

El menú de maniobras

El programa de un SIV es progresivo y desafiante. Comienza con ejercicios básicos de control de cabeceo y balanceo, pero rápidamente escala hacia el territorio del miedo. Los alumnos aprenden a provocar plegadas asimétricas y frontales, simulando lo que ocurre cuando una térmica violenta golpea el ala. El objetivo es mantener el rumbo y reabrir la vela sin entrar en una rotación descontrolada.

Sin embargo, el rey del curso suele ser la pérdida total o full stall. En esta maniobra, el piloto frena la vela hasta detener su vuelo hacia adelante. El ala deja de volar y cae hacia atrás, dejando al piloto caer al vacío momentáneamente antes de quedar debajo de ella en una posición de péndulo. Es una maniobra física y mentalmente agotadora que enseña a reiniciar la vela desde cero, como si fuera un ordenador bloqueado. También se practican barrenas (descensos rápidos en espiral) y, en ocasiones, el lanzamiento real del paracaídas de emergencia sobre el agua, para desmitificar el último recurso de seguridad.

Psicología y memoria muscular

Más allá de la técnica, un SIV es un curso de gestión del estrés. Cuando una vela colapsa en la vida real, el instinto humano suele ser el pánico: congelarse o frenar excesivamente, lo cual suele empeorar la situación. El curso busca reprogramar esos instintos, creando una memoria muscular que permita al piloto actuar con frialdad. Escuchar la voz del instructor guiando a través de la desorientación ayuda a los pilotos a comprender que, incluso en las situaciones más dramáticas, la física tiene solución si se aplican los inputs correctos.

La importancia vital en el vuelo moderno

Antiguamente, estos cursos se consideraban algo reservado para pilotos acrobáticos o de competición. Hoy en día, con el auge del vuelo de distancia (cross country) y la evolución de los diseños de las velas, que son más seguras pero requieren un pilotaje activo, el SIV se ha convertido en una etapa casi obligatoria en la formación de cualquier piloto recreativo serio.

Al aterrizar tras un curso SIV, los pilotos suelen describir una sensación de empoderamiento. Han visto el lado oscuro de su aeronave, la han visto retorcerse y caer, y han logrado domarla. Esa confianza no incita a correr más riesgos, sino que proporciona la serenidad necesaria para volar en las condiciones invisibles y cambiantes del aire, sabiendo que, si el cielo decide ponerse difícil, tienen las herramientas para regresar a tierra a salvo.

 

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