Las diferencias en las térmicas aprovechadas por un planeador y un parapente
El vuelo sin motor es una de las expresiones más fascinantes de la aeronáutica. Entre los aparatos que lo practican, el planeador y el parapente representan dos enfoques muy distintos en cuanto a diseño, prestaciones y, especialmente, en la forma en que interactúan con las condiciones atmosféricas. Una de las claves del vuelo libre es el uso de las térmicas: columnas de aire caliente ascendente que permiten ganar altura sin necesidad de propulsión. Sin embargo, no todos los aparatos pueden aprovechar las mismas térmicas de igual forma, y las diferencias son notables entre lo que necesita un planeador y lo que busca un parapente.
Los planeadores, también conocidos como veleros, son aeronaves con una aerodinámica extremadamente eficiente. Poseen alas largas y delgadas, lo que les otorga una relación de planeo muy alta. Esto significa que pueden recorrer muchos kilómetros por cada metro de altura perdido, lo que les permite cubrir grandes distancias entre térmicas. Además, su velocidad de crucero es significativamente mayor que la de un parapente, lo que les permite explorar áreas extensas en busca de las mejores ascendencias.
Por otro lado, el parapente es un ala flexible, sin estructura rígida, que depende de la presión del aire para mantener su forma. Aunque es muy maniobrable y ligero, tiene una tasa de caída mayor y una velocidad de vuelo mucho menor. Estas limitaciones hacen que el parapente deba estar mucho más atento a la localización de térmicas activas cercanas y no puede alejarse demasiado entre una y otra.
Una de las principales diferencias entre ambos aparatos radica en la intensidad de las térmicas que pueden aprovechar. El planeador, gracias a su velocidad y a su capacidad de penetración contra el viento, puede buscar térmicas más fuertes que se desarrollan en el centro del día y que, en ocasiones, pueden ser turbulentas. Estas térmicas intensas permiten a los veleros ascender rápidamente y recorrer grandes distancias en competición. Además, los planeadores pueden elevarse hasta la base de las nubes e incluso buscar ascendencias en capas superiores de la atmósfera, lo que los hace más eficientes en vuelo de distancia o de altitud.
El parapente, en cambio, suele evitar las térmicas excesivamente violentas. La estructura flexible del parapente lo hace más sensible a las turbulencias y a los cambios bruscos de presión. Por tanto, los parapentistas suelen preferir térmicas suaves o moderadas, especialmente aquellas que se forman en las primeras horas del día o al final de la tarde, cuando la atmósfera es más estable. Estas térmicas más dóciles permiten al piloto mantenerse en el aire sin comprometer la seguridad ni sufrir colapsos parciales de la vela.
También hay diferencias en la forma en que ambos aparatos giran dentro de la térmica. El planeador, con su velocidad y envergadura, necesita un radio de giro más amplio. Esto hace que, en ocasiones, no pueda mantenerse exactamente en el núcleo más ascendente de la térmica, sino que deba girar en torno a él. En cambio, el parapente, mucho más lento y ágil, puede centrar con mayor precisión la zona más activa de la térmica, realizando giros más cerrados que le permiten aprovechar mejor cada metro cúbico de aire ascendente.
Estas diferencias influyen directamente en las rutas de vuelo, las tácticas y las decisiones del piloto. Mientras que un piloto de planeador puede permitirse ignorar una térmica débil si sabe que más adelante habrá una más potente, el parapentista no tiene ese margen de maniobra y debe aprovechar casi cualquier oportunidad de ascenso. Esta dependencia más inmediata del parapente con respecto a las térmicas hace que la lectura del terreno, la orientación solar y el viento sea aún más crucial para quienes vuelan con este tipo de ala.
Aunque tanto los planeadores como los parapentes comparten el objetivo de permanecer en el aire utilizando únicamente la energía atmosférica, las condiciones térmicas que buscan y cómo las aprovechan varían notablemente. Estas diferencias no solo dependen de las características técnicas de cada aparato, sino también de la experiencia y estrategia del piloto. Lo que para uno puede ser una oportunidad perfecta para ganar altitud, para otro puede ser una condición a evitar. Esta compleja interacción entre máquina, piloto y atmósfera es, sin duda, una de las razones por las que el vuelo libre continúa fascinando a tantos aficionados en todo el mundo.