El turismo actual y su impacto económico global
El turismo, en sus múltiples formas, se ha convertido en una de las actividades económicas más influyentes del planeta. Ya no es solo un fenómeno estacional o reservado a las élites: el acceso a los medios de transporte, el crecimiento de las clases medias en países emergentes, la digitalización y la globalización han transformado el turismo en un motor económico de primer orden. En la actualidad, millones de personas cruzan fronteras cada año por ocio, cultura, naturaleza o negocios, generando ingresos que afectan desde las pequeñas comunidades locales hasta los balances de grandes multinacionales.
Uno de los datos más reveladores del impacto económico del turismo es su contribución directa al Producto Interno Bruto (PIB) mundial. Según el Consejo Mundial de Viajes y Turismo (WTTC, por sus siglas en inglés), antes de la pandemia el turismo representaba más del 10% del PIB global. Aunque la crisis sanitaria supuso un duro golpe para el sector, la recuperación ha sido notable. En 2024, el turismo se acercó de nuevo a niveles prepandémicos, con un crecimiento especialmente fuerte en regiones como el sudeste asiático, el Mediterráneo y América Latina.
Este resurgimiento tiene efectos en cascada en múltiples sectores. El alojamiento, el transporte aéreo y terrestre, la restauración, los servicios culturales, las agencias de viaje y el comercio minorista son solo algunos de los beneficiarios directos. Además, la industria turística genera empleo masivo: se calcula que más de 300 millones de personas trabajan en empleos relacionados con el turismo en todo el mundo, lo que equivale a uno de cada diez puestos de trabajo a nivel global.
Pero el impacto del turismo no se limita a los números macroeconómicos. A nivel local, muchas regiones que antes sufrían despoblación o estancamiento económico han encontrado en el turismo una vía de revitalización. Es el caso de pequeñas islas, pueblos rurales o barrios históricos que han logrado atraer visitantes con propuestas centradas en la sostenibilidad, la cultura o la gastronomía. Este tipo de desarrollo, cuando está bien gestionado, puede contribuir a diversificar economías locales y a fomentar la conservación del patrimonio natural y cultural.
Sin embargo, el turismo también tiene efectos económicos negativos cuando se convierte en turismo masivo o mal planificado. La presión sobre infraestructuras, el encarecimiento de la vivienda en zonas turísticas, la dependencia excesiva del sector en economías frágiles y la pérdida de identidad cultural son problemas cada vez más frecuentes. Ciudades como Barcelona, Venecia o Ámsterdam han tenido que establecer límites a la llegada de turistas para proteger el equilibrio urbano y social. Además, el empleo en el sector turístico suele estar marcado por la estacionalidad, la precariedad y la escasa protección laboral.
Otro aspecto clave es el papel de las plataformas digitales y las grandes empresas internacionales. Aunque estas han facilitado enormemente la planificación y reserva de viajes, también han concentrado gran parte de los beneficios del turismo en unas pocas corporaciones, muchas veces en detrimento de las economías locales. La expansión de servicios como Airbnb, por ejemplo, ha generado un debate intenso sobre su impacto en el mercado inmobiliario y en la oferta hotelera tradicional.
Frente a estos desafíos, se está promoviendo a nivel internacional un modelo de turismo más sostenible e inclusivo. Organismos como la Organización Mundial del Turismo (OMT) impulsan estrategias que priorizan el respeto medioambiental, el desarrollo local y la equidad social. También se están explorando formas de medir el impacto del turismo más allá de los ingresos, incorporando indicadores como la huella de carbono, el bienestar de la población local o la conservación del entorno.
El turismo actual es una fuerza económica global de enorme magnitud, capaz de generar riqueza, empleo y desarrollo. Pero para que sus beneficios sean duraderos y equitativos, es necesario apostar por un modelo responsable, donde el crecimiento no comprometa el futuro de los destinos ni la calidad de vida de quienes los habitan. El reto está servido, y su solución marcará el rumbo del turismo del siglo XXI.